Estorbas
Una reflexión sobre mi lugar en el mundo.
Cada uno tenemos un sitio en nuestra vida. El mío siempre está equivocado porque estorbo en todas partes. Cuando me quedo mirando un cuadro en un museo, escucho las toses y los juramentos entre dientes de los demás usuarios. Si voy con mi coche y me detengo en un semáforo, los cláxones comienzan a sonar a mi alrededor y la gente me grita cosas, casi siempre malas, a través de sus ventanillas. Si estoy en la cocina preparando la comida, siento unas manos en mi espalda y sonrío cálidamente hasta que me apartan del lugar donde estoy.
De modo que, cuando en una consulta, o entrevista, alguien pregunta por mi vida, siempre respondo con una sonrisa afable que soy el jueves porque estoy siempre en medio. La persona que me interroga suele responder: “Perdone, a usted quién le ha llamado…”
El otro día, sin ir más lejos, estábamos caminando de la mano mi mujer y yo en un centro comercial. Me toma de la mano no por romanticismo sino para que no moleste. Íbamos viendo los escaparates de las tiendas y, al entrar en una de ellas, me puse malo. No habían pasado ni cinco minutos cuando me sentí mal. Se me pusieron los ojos rojos y tosía con desesperación. Agitaba las manos junto a mi boca porque me empezó a faltar el aire. Mi mujer me sacó de la tienda y me sentó en uno de los asientos que hay afuera para jubilados y maridos aburridos. La dependienta me sacó un vaso de agua y, poco a poco, comencé a sentirme mejor.
Entonces lo vi. Un señor llevaba un perro atado que lo olisqueaba todo a su paso; una señora llevaba su perro en brazos y entonces expliqué lo que me había pasado. Tengo alergia, dije, señalando a uno de los animalitos. Todos se alteraron mucho y comenzaron a moverse sin rumbo de un lado a otro, como si a las hormigas les tapas el hormiguero. Se llevaban las manos a la cara y negaban con la cabeza. Llamaron a un tipo de seguridad y me echó del centro comercial. Me dijo: “si sabe que tiene alergia a los perros, ¿para qué se mete en una tienda?”
Traté de levantar la cabeza para mirar a mi esposa, pero una señora se colocó delante.
—Pues ya sabe para la próxima —me dijo—. Si tiene alergia, pregunte antes de entrar.
La dependienta, que hacía un momento me había dado el vaso de agua, me lo retiró de las manos.
—Comprenda que la gente viene con sus mascotas y tampoco vamos a decirles nada.
Una mujer abrazada a su bichón maltés como si yo hubiera amenazado con morderlo, me susurró escandalizada:
—Pippo es mi familia. Él no tiene la culpa de sus problemas,
Miré a mi esposa y, llorando, fuimos al parking del centro comercial y regresamos a casa. Ella se sonaba los mocos a cada poco y yo trataba de conducir sin hacer caso a los cláxones sonando a mi alrededor.

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