Entre el fango y el bulo.
Propaganda kills the Press Star.
Hubo un tiempo en que el periodismo aspiraba a incomodar al poder. Hoy, demasiadas veces, aspira a protegerlo. La información ha dejado de ser, en demasiados espacios --casi todos--, una herramienta para entender la realidad y se ha convertido en un arma para confirmar prejuicios. Ya no importa tanto qué ha ocurrido como a quién beneficia el relato. La verdad ha cedido el protagonismo a la narrativa de cuartel.
Cuando la información se subordina a una causa, deja de ser información. Pasa a ser propaganda. El periodista ya no trata de hacer preguntas incómodas y comienza la redacción de argumentarios. El editorial sustituye al reportaje de fondo, la consigna desplaza al dato y la fidelidad ideológica acaba pesando más que la honestidad intelectual.
Es lógico que en ese ecosistema florezcan los propagandistas. No me refiero a los periodistas con opiniones particulares —que siempre han existido y son perfectamente legítimos—, me refiero a quienes han renunciado a contrastar los hechos porque su misión no consiste en buscar la verdad, sino defender a un líder, un partido o una causa como si fueran artículos de fe.
El resultado es una prensa que ya no fiscaliza el poder, sino que lo administra atrincherada en la consigna. Cada bando dispone de sus medios de cabecera, de sus tertulianos de confianza y de sus verdades oficiales. Lo importante deja de ser si una información es cierta; basta con que resulte útil a la causa. Y cuando la utilidad sustituye a la verdad como criterio editorial, el periodismo se convierte en un instrumento de movilización política.
Vemos cómo los bulos vuelan de una trinchera a la otra mientras los aduladores de cada bando acusan a sus rivales de hacer exactamente lo mismo que ellos hacen. El espectáculo resulta casi cómico: auténticos enjuagavergas y rebañabraguetas insultando a su propio Doppelgänger. En demasiadas tertulias asistimos a una curiosa performance: un propagandista frente a su alter ego ideológico, dos personajes enfrentados que, en realidad, comparten idéntica forma de entender el periodismo. Solo cambia el color de la bandera que agitan.
Uno desea, casi por supervivencia, que acaben fagocitándose. Pero nunca ocurre. Se necesitan mutuamente. Sin un enemigo al que lanzar consignas, esta propaganda de trinchera no tendría sentido y se convertiría en publicidad del líder. De modo que vemos cómo cada uno justifica la existencia del otro y ambos alimentan el negocio de sus trincheras.
Así que, por mucho que lo pregonen a los cuatro vientos, no es cierto que haya sido internet quien ha matado al periodismo. Tampoco son culpables las redes sociales como no lo es la inteligencia artificial. Lo que está asfixiando al oficio periodístico es la lógica de las trincheras, donde cada medio parece obligado a elegir un bando. Desde ahí su misión es agrandar el fallo ajeno con su relato mientras justifica, silencia —o blanquea, como se dice ahora— los errores de los propios.
De modo que, sin duda podríamos parafrasear aquella célebre canción y cantar a pleno pulmón: «Propaganda Kills the Press Star».

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