Coherencia selectiva

Balanza en la que hay dos personas que representan dos ideologías

 

En España, si se castiga a “uno de los nuestros” se buscan todo tipo de excusas, justificaciones y se traza todo un plan propagandístico para que sea visto como una campaña de acoso y derribo contra la benevolencia que suponen mis actos. Se defenderán mis valores, creencias y principios con un coraje superior a si se defendiesen a ellos mismos. Tildando de infamias o mentiras cualquier palabra o acto que califique mis desmanes como fraudulentos. Ahora bien, si es el otro el que hace trampas al solitario en una timba de cartas enfrentándose aburrido a su ordenador, no se le perdona, será llamado tramposo —y con él todo lo que representan sus creencias, valores, posición social o hasta equipo de fútbol al que sigue— por los siglos de los siglos.   

Hay una anécdota histórica que ocurrió hace más de dos mil años. Durante la celebración de los ritos de la Bona Dea —ceremonia religiosa reservada exclusivamente a mujeres—, se produjo un escándalo mayúsculo cuando el ínclito Publio Clodio Pulcro logró introducirse disfrazado en casa de Julio César, donde se celebraba el acto. Aunque nunca se demostró que Pompeya, su esposa, hubiera cometido ninguna falta, César decidió divorciarse de ella. Cuando le preguntaron por qué lo hacía si no la consideraba culpable de ninguna falta que pusiera en entredicho su respetabilidad, César respondió con la frase que ha pasado a la historia: “La mujer de César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo”. 

Frase que perdió absolutamente su vigencia porque ahora, a las mujeres, se les libera por completo de la carga de apariencia de honestidad con la que deben conducirse. Porque no es que no tengan que serlo ni que parecerlo; es que, ser involucrada en un asunto nada edificante, por grave que sea, no hace ninguna mella en su honorabilidad. Ser llamada a declarar tampoco supone obstáculo alguno a su decencia. Ser imputada no es problema para que se siga conduciendo con altivez. Ser juzgada ni siquiera agacha un poco su mirada dirigida a los demás por encima del hombro. Y si llegase a ser condenada todos sabemos que sería considerado un caso flagrante de lawfare. 

Si eso no me pareciese lo suficientemente gracioso, me troncharía al ver las monerías de los diputados haciendo equilibrios sobre sus palabras, juicios morales y sentencias inmisericordes ante los asquerosos delitos de sus rivales políticos. Se envaran, se ponen muy serios, se hacen los ofendidos, miran de soslayo al periodista que le acerca la alcachofa a los labios y dicen que esta es una línea roja que no van a pasar. Pero esa línea roja tiene vida propia y cada día —o cada hora, cada minuto, o cada…— la cambia de lugar colocándola un poquito más allá. Es desternillante verlos jugar a esa especie de rayuela de líneas rojas que van confeccionando con apariencia de tener su orgullo herido. Pero, claro, ¿quién muerde la mano que le da de comer? ¿Quién mueve la silla del que te coloca en una posición posteriormente inalcanzable?

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