El río de la memoria

Las piedras bajo mis pies

El río de la memoria


Estoy en un paisaje que me suena débilmente. Miro a un lado y otro; antes de ver un árbol sé que está ahí. Así que deduzco que debe ser un lugar al que regreso de vez en cuando. 

Frente a mí hay un río. Del que no sé nada: ni dónde nace ni tampoco adónde va. Pero es algo que no me preocupa en absoluto. Lo importante es que está ahí.

La imagen que del río me viene cuando trato de acordarme es cambiante. No siempre lo recuerdo con el mismo caudal; hay días en los que el agua parece tranquila y otros en los que corre con tal fuerza que uno duda de que sea prudente estar en la orilla mirándolo. 


Sé que debo cruzarlo y, hasta ahora, siempre lo he logrado. No hay puentes. Ni siquiera veo, ni recuerdo, qué hay en la otra orilla y nunca, jamás, me giro para ver qué tengo a mi espalda en esta otra. Sólo veo el agua correr y que de ella emergen piedras.


Oscuras y claras. Grandes y planas o pequeños guijarros que sobresalen lo imprescindible para apoyar la punta del pie. A veces me detengo sobre una de ellas y permanezco a la espera largo rato, observando la corriente pasar a mi alrededor. Otras veces voy saltando de piedra en piedra, casi sin mirar. 


Cada vez que apoyo el pie sobre una de esas piedras ocurre algo extraño. Durante un instante el río desaparece. Aparezco en una habitación iluminada por el sol de la tarde. Escucho una voz conocida pronunciando mi nombre desde una estancia lejana y añeja. Huelo la tierra mojada después de una tormenta. Siento una mano cálida y afectuosa aferrándose a la mía. Algunas imágenes me dibujan una sonrisa en el rostro. Otras me obligan a detenerme un momento y tomar aire antes de continuar. No obstante, ninguna avisa antes de aparecer. Luego todo se desvanece y vuelvo a encontrarme en mitad de la corriente, buscando dónde apoyar el siguiente paso.


Hay piedras que desaparecen durante años. Aunque las busque donde creo recordar que siempre estuvieron, no encuentro más que agua oscura. Después, cuando ya me he acostumbrado a su ausencia, vuelven a surgir unos metros más allá. Otras aparecen de repente sin previo aviso. No recuerdo haberlas visto nunca antes. Sin embargo, al posar el pie sobre ellas, una sensación familiar recorre mi cuerpo, como si hubieran estado aguardándome bajo la corriente desde mucho antes de mi llegada.


Hay veces en que trato de mirar hacia una de las orillas. Cuando lo hago, el agua parece acelerar bajo mis pies. Las piedras se vuelven resbaladizas e inseguras. La corriente golpea con más fuerza contra mis piernas haciéndome tambalear. Entonces bajo la vista de nuevo y vuelvo a concentrarme en el siguiente paso.


En cambio, otros días consigo cruzar sin mojarme en absoluto. Si alguna vez resbalo en la primera piedra, soy incapaz de ir más allá y me paso todo el rato en el agua.  Cuando caigo al agua, me sumerjo en la oscuridad más absoluta. El aire no llega a mis pulmones y el cerebro se embota y funde a negro. Cuando logro salir, lo primero que llama mi atención es el fragor de la corriente embotando mis oídos y, después, los recuerdos van asaltándome el cerebro hasta que vuelvo a sumergirme una vez más. Hay momentos en que el bramido me acuna en la oscuridad y me siento flotar en la placidez de la ignorancia.


Otras noches no sueño con este paisaje ni con el río.

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