Lo que no cuenta

Todo lo que ocurrió tras el final.


Caricatura de un escritorio dark academia


Siempre había imaginado que publicar una novela sería un acto solemne. El inicio de algo grande.

Cuando pensaba en la presentación de mi primera novela, imaginaba una biblioteca inglesa, un presentador con un chaleco de tweed, barba poblada y una pipa humeante en unos labios sonrientes. Imaginaba una pluma estilográfica entre mis manos y una dedicatoria ocurrente para los familiares y amigos que asistirían.

No contaba con los nervios.

La realidad fue bastante menos cinematográfica: un bar muy pequeño en el que no cabría todo el mundo, un presentador que leyó la contraportada cinco minutos antes del evento y la desgranó con una sonrisa de suficiencia. Dedicatorias un poco menos ocurrentes y más recetadas —por la letra— que lo imaginado. Aunque mi familia y mis amigos, eso sí, estuvieron a la altura.

No contaba con la vergüenza.

Tuve lectores ilusionados, agradecidos y emocionados. También hubo otros más implacables y, después de escuchar magníficos parabienes, llegó la primera frase que hirió lo más hondo de mi orgullo:

—Tiene muchos errores, ¿no? 

Decidí leer el resultado final de mi propio libro. No lo hice antes, no. Fue un error, probablemente sí. 

No contaba con la lealtad.

En ningún momento llegué a decir de quién fue la culpa y me eché sobre los hombros ese secretillo. Fueron tantas las veces que me inculpé injustamente que terminé creyendo en la inocencia de otros y en mi propia culpabilidad.

No contaba con la perseverancia.

Traté de sacar una versión digital mejorada. Hice una corrección sobre la marcha y la grieta se fue agrandando. Corregir un libro editado es como arreglar una tubería rota en medio de una tormenta. Aun así, el resultado me pareció, aunque mejorable, más presentable. Me sentí feliz como un escarabajo pelotero que contempla con orgullo cómo la bola va creciendo ante sus manos.

No contaba con el mal humor.

Nadé. Como un guijarro que nada en medio del mar. Y volé. Como un meteoro que atraviesa raudo la atmósfera. Me detuve. Dejé de promocionar la obra y no volví a escribir sobre ella. Dejé de venderla en las ferias del libro a las que me invitaban porque respetaba, y respeto, a mis lectores. Evité las lágrimas, pero no el triste enfado.

No contaba con Instagram.

Pasado un tiempo, tras la negativa de la editorial a sacar una segunda edición —que habría sido corregida profesionalmente, pagándola yo— y después de no cobrar mis derechos por las ventas de los ejemplares, me di de bruces con una publicación en Instagram. En el perfil de una autora afectada por aquel suceso leí que la editorial había cerrado. Sin previo aviso. Sin una notificación. A su manera. Habían puesto un estado en WhatsApp. Al parecer, con eso bastaba para mantener informados a los autores. En aquel texto decían que enviarían un burofax electrónico para comunicarnos la devolución de los derechos de autor y que destruirían el stock.

No contaba con la pena.

Lo cierto es que sentí un arañazo en algún lugar indefinido entre el movimiento sistólico y el diastólico. Me quedé mirando al infinito mientras un escalofrío recorría mi espalda.

No contaba con la conversación.

Encontré un lugar donde había autores que se sentían profundamente engañados por la editorial. Entre todos los mensajes de lógica indignación y rabia, hubo uno que abrió una ventana y dejó entrar aire fresco en mi cabeza.

No contaba con la oportunidad.

Reflexioné; no demasiado —que tampoco hay que ir de guay— y comprendí que aquello suponía una nueva oportunidad. Sonreí mientras asentía con un leve movimiento de cabeza mirando la pantalla en blanco de mi ordenador. El parpadeo del cursor parecía querer decirme algo.

No contaba con la certeza.

Al final, resulta que publicar un libro no fue el acto solemne que había imaginado. Se pareció mucho más a la vida: uno llega convencido de que sabe cómo va a desarrollarse su historia y, unas cuantas líneas después, descubre que el manuscrito también lo estaba corrigiendo a uno.

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